Gratitude

Quito, Ecuador

 

Since the start of my senior year of college, I have become more and more grateful for my semester in Ecuador. It’s still surreal that I lived there for four months, fumbled through another language with my host family, learned to navigate public transportation, and drank papaya juice every morning. I owe so much to the Global Engagement Fellowship Program for giving me this opportunity.

Una carta sobre mis sentimientos

Para mí, es un placer conocer a tantos estudiantes de intercambio aquí en el Ecuador. Mis compañeros de la USFQ son de muchos estados diferentes, y todos tienen perspectivas y experiencias intrigantes. Son interesantes, amables, y aventureros, y por eso me importa un bledo que no estén aquí mis amigos de Oklahoma. He conocido mucha gente linda en este país, y estoy muy contenta.

El único problema que tengo en este sentido de los amigos gringos de intercambio es el concerniente a mis habilidades en español con respecto al tiempo que paso con ellos. Llegué aquí con la meta de aprender muy bien el español. Deseaba hablar con fluidez, entender todo lo que escuchara, y utilizar mis nuevas habilidades en el futuro. Pero la verdad es que aprender un idioma de adulta es muy difícil, y hacerlo requiere que hable con los estudiantes ecuatorianos la mayor parte del tiempo. Para mí, esto es difícil porque no puedo seguir una conversación muy compleja.

Les puedo preguntar a los ecuatorianos cosas que les gustan y cosas que no, dónde viven, sus pasatiempos, y cosas así; pero estos temas no son suficientes, y siempre me siento como si fuera una niña sin la capacidad de pensar profundamente. Por eso, hablo con los gringos y paso casi todo el tiempo con ellos. Aunque tengo mucha pasión por el español, he aceptado la realidad de mi situación. A pesar de esto, me gusta este país, la genta nativa, y la gente extranjera. El Ecuador es hermoso, y me da mucha satisfacción haber elegido este país para estudiar.

Un recuerdo

Cuando pienso en Ecuador, pienso en mi rutina diaria. Me despertaba cada mañana con un plato de pan y frutas que fueron cortadas con mucho cariño. Mi madre anfitriona normalmente me preguntaba sobre mi día, pero no me gustaba hablar, así que mis respuestas eran breves.

Entonces comenzaba a caminar hasta la parada de autobús, escuchando música a lo largo de todo el camino mientras inhalaba gruesas bocanadas de escape del coche y el olor de los plátanos a la parrilla.

Llegaba a la parada de autobús, apretándome con fuerza entre personas de todos los tamaños, olores, y sueños. A menudo me preguntaba qué estaban pensando. ¿Odiaban la congestión y el calor tanto como yo? ¿Era esto un gran sinsabor para ellos también?

Cuando llegaba a la escuela, nunca hablaba con muchos estudiantes ecuatorianos. Pensé que se convertirían fácilmente en mis amigos, pero la diferencia en nuestras culturas y mi falta de voluntad para adaptarme a la diferencia impidieron muchas amistades posibles. Por lo tanto, perdí muchas oportunidades que en este momento me dejan con pena.

Sin embargo, encontré a otros amigos, viajé a lugares que nunca olvidaré, y probé unas comidas cuyos sabores aún me persisten en la lengua. Junto con todos los desafíos que me presentó Ecuador, me mostró algo increíble. Estoy agradecida de tener ahora una comprensión íntima del país y siempre lo recordaré hasta que regrese de nuevo.

La muerte inesperada

Salgo de la casa sin ropa ni dignidad

Camino por la calle con mucha intensidad

 

Todos mis vecinos han desaparecido

En este momentito, quiero un burrito.

 

El apocalipsis ha llegado, casi destruyendo todo

Me caigo en basura y ahora hay caca en mi codo.

 

Lejos en la distancia, veo sangre en una planta

De repente me siento vomito en mi garganta.

 

Sigo adelante, hacía el olor

Y entonces comienza un tipo de dolor

 

Tengo un ataque en mi débil corazón

Por todo el helado que comía sin razón

 

Con respecto a mis entrañas, pierdo el control

Comienzo haciendo caca mientras hablo español.

 

Antes de morir, respiro lentamente

¿Por qué yo no tenía una vida diferente?

 

No puedo sentir mi cuerpo, estoy paralizada

Mi piel está marrón, como una empanada

 

Empiezo a morir, mis ojos han cerrado

Y en mi mente sueño con vasos de helado

 

Esto es el fin, digo adiós a mi vida

Por todo que he hecho, estoy muy agradecida.

El helado

Bajo del bus después de un día muy largo. Mis piernas me duelen, y aunque tengo un cono grande de helado en mi mano, estoy triste. Veo a alguien con volantes, y él me ofrece uno. Lo tomo sin sonreír, y sigo caminando por dos minutos más. De repente, empiezo a sentirme mal, y me caigo en la calle mientras todo se pone oscuro. Cuando me despierto tres días después, no tengo ninguna memoria de lo que pasó. Veo edificios extraños alrededor de mí, y todavía estoy en la calle, sin zapatos ni dignidad. Me levanto y me toco la cara suavemente para chequear la condición de mi cuerpo. Todo parece bien y suspiro con alivio. Pero cuando me miro la mano derecha, el color se va de mi cara: el secuestrador se había comido todo mi helado.

Contemporary African Immigrant Communities in the United States

 

About two months ago (yes, I know, I’m very behind), I went to a seminar about contemporary African immigrants in the United States. Though there were at least 150 chairs in the lecture room, so many people attended that several of them had to sit on the floor and lean against the wall, but it was well worth it. Our speaker was Nigerian historian and professor of African studies, Dr. Toyin Falola, and he spoke about the cultural, social, and emotional issues affecting native Africans who had immigrated to the United States.

One issue that Dr. Falola discussed bothered me more than any other: the way in which many of these African men and women admitted to feeling inferior to people who were native to the United States. Dr. Falola explained that he had studied African communities and populations in Houston, Texas, and that many of them perceived themselves as being unsuccessful, even though they had accomplished quite a lot, especially by “American” standards: For one, they had vehicles, houses, they were debt-free, and they were holding steady jobs. They had, as much as they could, adapted to life in the United States, further developed their English speaking and writing skills, and had learned to navigate a new country very gracefully. Still, they were unhappy, and he said that, after speaking with them and further studying their situations, he found that their unhappiness (and resultant feelings of inferiority) stemmed from the void that had resulted from their leaving of Africa. Even though many of them were leaving behind conflict and precarious situations, life in the United States had made them feel like outsiders.

Because I do not have any explicit religious or cultural customs and thus few ties to any particular group of people, I could not relate these problems to any of my own experiences, but I sympathized. I have been fortunate to live in a place where I am usually very safe, protected and where I feel at home, but I can imagine how isolating it would feel to have to start life in a foreign environment.

A few of the other issues that Dr. Falola described were similar to the African people’s feelings of inferiority and isolation. He said that they described a loss of social status in the United States, a status that had once been crucial to their livelihoods in Africa. Further, an environment of alienation, invisibility, and discrimination was very prevalent in their lives in the United States, despite their attainment of higher education, high incomes, and other general fulfillment (having a family and friends). Basically, the loss of culture was profoundly felt among most all of them, and they found this difficult to handle.

During the lecture, I found myself grieving for the African immigrants and what they had lost upon leaving Africa: their culture, their homes, and their identities. I wondered how they were doing and what they had tried or were trying to do to cope with these losses. Dr. Falola was optimistic, though, and told us that as more and more African peoples came to the United States and connected with others who had already come, they were rekindling parts of their old lives and creating a living environment in the United States that was more like home. Even more, he explained that awareness of African culture was growing, thanks to globalization, technology, and academia, and that our being there at the lecture was even more progress toward acceptance and understanding of African immigrant circumstances. I was pleased to hear this and even more grateful to have been able to meet Dr. Falola. I was sitting in the front row, and before he began his lecture, he walked over to me and shook my hand, welcoming me.

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